No son grandes por tamaño, sino por lo que representan para nosotros.
Como la ola del mar que nos mece, nos mueve o nos acaricia con su vaivén.
O el rumor de esa misma ola que al acercarse a la playa a morir da un último gemido, ese “ chuff” para luego fundirse en la arena que se la traga rápido, y espera recibir la próxima.
Ese rumor de agua moviéndose que nos acuna, que nos acompaña en la caminata por la orilla del mar, que nos besa los pies, que nos recuerda que todo y va y viene. Todo empieza y termina, pero vuelve a empezar otra vez, como las olas del mar.
Me gusta confirmar que el día a día se compone de todas estas pequeñas cosas sobre las que ya escribieron los poetas.
Tu abrazo sincero de amiga que me dice que también me quiere y soy importante en su vida .
Tu oferta espontánea de organizar para mi, una fiesta de cumpleaños en tu casa por que “si hace buen tiempo en la terraza estará genial” y en realidad por que eres una amiga increíble que siempre está para celebrar lo bueno y acompañar en lo malo.
Tu mano en mi hombro mientras me dices que todo irá bien, una caricia en la mejilla, que se pueden permitir las amigas que se quieren, como amigas y comparten confidencias de sus encuentros y desencuentros amorosos con este sexo tan indescifrable al que solemos llamar “masculino y opuesto”
Son las amigas del alma, las que están siempre, con las que compartes todo, con las que puedes reír y llorar en una misma conversación de una hora. Las que lo entienden todo y te hacen sentir que por muy mal que haya ido hoy, la vida siempre vale la pena.
Son pequeños gestos que esconden grandes sentimientos. Pequeñas acciones con gran significado.
Cosas chiquitas que nos hacen sentir grandes.
Cosas pequeñas sin las cuales al día a día le faltaría lo más importante: la expresión del amor verdadero, del que no espera nada a cambio, del que se da por que se quiere y se recibe con profundo gozo en el alma.
A mis amigas, gracias por tantas pequeñas grandes cosas.
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