Tenía que pasar a comprar el vino para
la cena. Llevaría el vino y algo para el postre.
Un vino suave, pensó. Y de postre un
toquecito dulce. Entre semana mejor no exagerar.
Aún quedaba tiempo y decidió pasar
por la librería que quedaba de camino, sólo a mirar, por si daba
con algo que le llamara la atención.
Llegó hasta el fondo después por
pasar por la sección de novedades, diccionarios, y libros de fotos.
Pasó la mano por las tapas de los
libros. Fue leyendo los títulos uno a uno. Les dio la vuelta, leyó
los resúmenes de las contratapas. Se detuvo en una historia
conmovedora “ Llenaré tus días de vida”.
No pudo evitar pensar. Reflexionó un
rato. Repasó los demás libros de la mesa. Se sintió afortunada,
podía aprender de todo aquello sin poner el cuerpo, el suyo, por una
vez.
Ya le dolía bastante, le dolían
muchos dolores viejos. Y entre tantas frases y párrafos sueltos se
quedó con uno que decía que “si te aferras a lo viejo no entra lo
nuevo”.
Decidió soltar la carga. Sintió el
deseo de aprender como le propuso alguien hacía ya tiempo “ con
felicidad, con alegría, de las buenas experiencias” Decidió dejar
el dolor en aquella mesa junto con los libros de autoayuda para dejar
de sufrir.
Se prometió que cuando pasara algo
“malo” no se aferraría a ello. Lo dejaría pasar como pasan las
nubes en el cielo cuando sopla el viento.
Salió de la librería con su botella
de vino afrutado y las galletitas de chocolate belga, caminando
despacio, sintiendo el aire frío en la cara, y saboreando por
adelantado la cena, la charla y el encuentro.
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