Ella se refugió en un portal.
Se pegó todo lo que pudo a la puerta, escondió la cabeza entre los brazos, y tuvo que deja que las piedras de hielo le golpearan la espalda.
El llegó corriendo, con el caso de la moto aún puesto, abrió la puerta rápido y con un gesto brusco sin pensar la tomó de un brazo y la metió dentro.
Se sacudieron el agua y el susto, el de
ella.
Se presentaron:
-Juan
-Ana
-perdona, te ibas a empapar ahí fuera
-gracias
-igual no te puedes ir ahora, sube, te
invito un café
-vale- aceptó ella temblando de frío.
Subieron en el ascensor, callados. Mirando el suelo.
Una vez arriba, en el piso de el, se dio cuenta de que no lo había pensado ni un minuto.
Estaba en casa de un desconocido. Cuando su razón trataba de imponerse, llegó el café.
-Le puse azúcar, espero que te guste.
-Seguro.
Le temblaba un poco la mano, es el frío se dijo para tranquilizarse. Pero se dio cuenta de que estaba tensa. Fue hasta la ventana, se quedó observando la calle desierta y la lluvia densa. Asió la taza con fuerza con ambas manos para no temblar. Para que él no lo notara.
El simplemente la miraba desde el ángulo de la mesa donde había dejado apoyada su taza de café.
Caminó lento, hasta llegar a su espalda y la acarició con el dorso de la mano.
Ella se giró, y se sorprendió. Primero por lo inesperado del gesto y después por que dejó de temblar.
El le quitó suavemente la taza de las manos, la dejo el mesa, y como si fuera lo más habitual entre ellos, la besó.
Ella, no tembló, no se asusto y no corrió a la puerta.
La lluvia los encontró en un portal. Los acorraló allí.
Los condujo de pronto a un encuentro como de dos cauces de agua que se cruzan.
Como dos ríos de montaña que bajan saltando entre las piedras hasta que chocan con algo que cambia su rumbo.
La lluvia les dio la oportunidad.
Ellos escribieron el resto.
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