lunes, 22 de abril de 2013

Como una siesta de verano


Hay momentos de la vida que se parecen a esas tardes de verano de mi infancia...

estás pensando que todo sigue igual, que nada cambia, que nada sucede. Estás como en una tarde de verano que se hace eterna, y el calor abrasador de la hora de la siesta

En aquellas tardes solo rompía la monotonía el grito del heladero, ese señor que cada día a la misma hora pasaba en bicicleta empujando su carro nevera, vendiendo helados. La mejor parte de la tarde era correr a la puerta a comprarle el palito de chocolate. Eso cuando mi madre nos dejaba ,que claro no era cada día, pero la expectación estaba allí, la posibilidad cada tarde de disfrutar de un helado de chocolate. Una dulce rutina que rompía la rutina de la interminable tarde de calor sofocante y silencio de siesta.

A veces la vida se parece a esto, hasta que algo al igual que el señor de los helados viene a traer un sabor dulce, fresco y agradable.

Algo viene a rasgar la calma de la siesta. Y de repente la calma se hace bullicio, y la siesta se hace fiesta, y todo lo que era, ahora es otra cosa.

Como si hubieras estado durmiendo a oscuras y de repente alguien enciende la luz.

A veces tanta luz enceguece, toma tiempo acostumbrarse y los ojos parpadean hasta que pueden volver a enfocar y ver el cuadro.

Pero sobre todo necesitas que el agua fría corra por tu cuerpo desde tu cabeza, que empape tu cara, enfríe tu nuca, y recuperes todos tus sentidos.

Es un camino nuevo, no conoces el trazado, no sabes donde están las curvas, los puentes, los desvíos y los altos por cruce de vías. Habrá que estar atentos, mirar bien las señales, y empezar a crear el nuevo mapa, para recorrerlo sin perderse y disfrutar del recorrido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario