Hay momentos de la vida que se parecen a esas tardes de verano de mi infancia...
estás pensando que todo sigue igual,
que nada cambia, que nada sucede. Estás como en una tarde de verano
que se hace eterna, y el calor abrasador de la hora de la siesta
En aquellas tardes solo rompía la
monotonía el grito del heladero, ese señor que cada día a la misma
hora pasaba en bicicleta empujando su carro nevera, vendiendo
helados. La mejor parte de la tarde era correr a la puerta a
comprarle el palito de chocolate. Eso cuando mi madre nos dejaba ,que
claro no era cada día, pero la expectación estaba allí, la
posibilidad cada tarde de disfrutar de un helado de chocolate. Una
dulce rutina que rompía la rutina de la interminable tarde de calor
sofocante y silencio de siesta.
A veces la vida se parece a esto, hasta
que algo al igual que el señor de los helados viene a traer un sabor
dulce, fresco y agradable.
Algo viene a rasgar la calma de la
siesta. Y de repente la calma se hace bullicio, y la siesta se hace
fiesta, y todo lo que era, ahora es otra cosa.
Como si hubieras estado durmiendo a
oscuras y de repente alguien enciende la luz.
A veces tanta luz enceguece, toma
tiempo acostumbrarse y los ojos parpadean hasta que pueden volver a
enfocar y ver el cuadro.
Pero sobre todo necesitas que el agua
fría corra por tu cuerpo desde tu cabeza, que empape tu cara, enfríe
tu nuca, y recuperes todos tus sentidos.
Es un camino nuevo, no conoces el
trazado, no sabes donde están las curvas, los puentes, los desvíos
y los altos por cruce de vías. Habrá que estar atentos, mirar bien
las señales, y empezar a crear el nuevo mapa, para recorrerlo sin
perderse y disfrutar del recorrido.
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