lunes, 22 de octubre de 2012

Cuentos


Acabo de leer un cuento corto que cuenta una historia, como todo cuento que se precie, de inmigrantes. De aquellos que a mediados de los años 50 se fueron a América buscando una vida mejor. Algunos la encontraron otros no. Estos, los del cuento venían de Italia, y llegaron a la Argentina. Fueron a parar a un pueblo de la provincia de Buenos Aires donde las cosas no fueron fáciles.

A mi me fascinan las historias de inmigrantes, no sólo por que mis abuelos lo fueron en la Argentina y por que yo también lo soy aquí sino por que cuentan historias profundas, humanas, verdaderas,sin maquillaje. Hablan de sentimientos, de amores de nostalgias y nos cuentan sus miserias sin vergüenza. Prestan su nombre, su cara y su piel para vestir a un personaje que a veces logra huir de su destino y otras no hace más que acercarse inexorablemente a el.

Los del cuento, no eran muy felices. Más bien deja la historia un sabor amargo, una sombra triste de aquel que no encontró lo que buscaba, y se envuelve en la nostalgia y solo ve como su vida pasa...

La de mis abuelos es una historia bonita, larga y nutrida. Claro que hubo tristezas y nostalgias. Cuando se deja la tierra de uno para vivir en otra, se lleva la propia dentro para siempre. Se llevan los amores, los amigos la familia. Se lleva en el corazón todo aquello que uno dejó cuando se embarcó hacia el nuevo destino.

Nuestra migración hoy es otra, bien distinta de aquellas. La nuestra es una migración de Internet, teléfonos móviles, whatsapp, y todo aquello que acerca las caras y las voces amadas en segundos.

La nuestra es una migración de lujo.

Pero aún así encontrar el camino no es fácil, menos aún en estos tiempos donde las aguas bajan turbias para todos.

No me estoy quejando, ojo, solo estoy mirando a mi alrededor. Veo o me cuentan que Juan se volvió y no está contento otra vez allí. Que Jordi – que es de aquí, huelga la aclaración- emigró a Francia. Y que tantos otros que uno conoció aunque sea circunstancialmente se ha vuelto a casa.

Por un momento me invade la tristeza de todos los sueños rotos de tantos Juanes y Jordis que hoy vuelven a buscar su camino en otro sitio, buscando su casa en otra casa.

Ayer en la milonga del domingo, ni bien entré en la sala donde hacemos la clase, abrí las ventanas para que entrara el aire, quería sentir la brisa del mar, hacía calor y con los últimos reflejos del sol el mar se veía increíble. Los rayos del sol se colaban entre las nubes y el mar tenía ese color tormentoso, ese aspecto que da miedo si estás dentro pero que es un espectáculo estupendo si lo ves desde la ventana del primer piso desde la vereda de enfrente y estás bailando un tango.

Se puede pedir más?

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