lunes, 4 de marzo de 2013

A un hombre fuerte




Recuerdo de él millones de cosas, pero una de las más fuertes es que le encantaba estar vivo.

Amaba la vida como pocos. La tomaba como un regalo del cual no hay que desperdiciar nada.

Le gustaba levantarse temprano incluso los fines de semana, siempre encontraba algo que hacer. Y no se dormía antes de las 12 cuando cuando el libro se le caía de las manos.

Fue un luchador, uno alegre.

Encontraba que las dificultades eran obstáculos normales en la vida. Eran parte del camino y había que sortearlas. No fue un gran intelectual. Fue un autodidacta que buscaba las respuestas tanto en los libros de historia como en las enseñanzas que dejan los golpes que da la vida.

Ponía tanta pasión en hacer el asado del domingo y dejar a todos contentos, como en resolver un problema de trabajo.

Podría pasarme horas recordando anécdotas. Podría llenar muchas páginas escribiendo sobre él.

Hoy creo que mi mejor homenaje es simplemente recordar cuan vivo estaba cuando estaba vivo. Le gustaba vivir y luchó como un león hasta al final de su camino.

Su vida fue un camino lleno de obstáculos pero también de recompensas.

Y uno de los mejores regalos que me hizo fue enseñarme que la vida siempre vale la pena.



A David 9 de agosto 1927 – 4 de marzo de 2007

No fue un padre perfecto, fue el mío.

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