Recuerdo de él millones de cosas, pero
una de las más fuertes es que le encantaba estar vivo.
Amaba la vida como pocos. La tomaba
como un regalo del cual no hay que desperdiciar nada.
Le gustaba levantarse temprano incluso
los fines de semana, siempre encontraba algo que hacer. Y no se
dormía antes de las 12 cuando cuando el libro se le caía de las
manos.
Fue un luchador, uno alegre.
Encontraba que las dificultades eran
obstáculos normales en la vida. Eran parte del camino y había que
sortearlas. No fue un gran intelectual. Fue un autodidacta que
buscaba las respuestas tanto en los libros de historia como en las
enseñanzas que dejan los golpes que da la vida.
Ponía tanta pasión en hacer el asado
del domingo y dejar a todos contentos, como en resolver un problema
de trabajo.
Podría pasarme horas recordando
anécdotas. Podría llenar muchas páginas escribiendo sobre él.
Hoy creo que mi mejor homenaje es
simplemente recordar cuan vivo estaba cuando estaba vivo. Le gustaba
vivir y luchó como un león hasta al final de su camino.
Su vida fue un camino lleno de
obstáculos pero también de recompensas.
Y uno de los mejores regalos que me
hizo fue enseñarme que la vida siempre vale la pena.
A David 9 de agosto 1927 – 4 de marzo
de 2007
No fue un padre perfecto, fue el mío.
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