Uno en el fondo sabe. Pero a veces no quiere ver.
Lo que rompe el maleficio es hablar del
tema en voz alta. Y si es con una amiga y una copa de vino, mejor.
Hicimos muy bien mi amiga y yo en irnos
juntas a picar algo por ahí y charlar de lo que nos rondaba la
cabeza, nos quitaba el sueño y comprometía algún otro órgano.
Fue como mágico, aquello que parecía
un misterio incapaz de ser resuelto vio la luz en pocos minutos al
convertirse en palabras lanzadas al aire. Y al oído entrenado de la
amiga que cuando escucha el relato reconoce la vivencia y le resulta
relativamente fácil encontrar otro sentido a esa pequeña historia.
Que no era una historia pequeña, sino corta en el tiempo pero
cargada de significado. Con uno nuevo ahora, un significado que podía
cambiar el curso de la historia. De esa historia corta en el tiempo y
aun con un futuro incierto.
Me quedé pensando en cuantas cosas no
dichas crean malos entendidos.
Cuando no me dicen, yo completo la
información con lo que creo que debería ser, pero que tal vez no
sea y quizás sea todo lo contrario.
Ya se que hago mal, no debería suponer
lo que otro está pensado, no tengo la bola de cristal para adivinar,
y seguramente más de una vez me equivoco cuando “adivino” pero
no logro evitarlo del todo. Igual que con el chocolate, me prometo
que poquito y después acabo tirando el envoltorio vacío...
Hablar es terapéutico, es divertido,
acerca, crea lazos, hace amigos, soluciona problemas, aclara las
dudas, resuelve los enigmas de las amigas ( y los propios) expresa
sentimientos, y además nos ayuda a saber lo que el otro está
pensando!
No es estupendo?
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